Eje Precariedad
Cuando intentamos definir el concepto de precariedad nos encontramos ante una enorme dificultad. Entre otras cosas porque cuando las palabras se usan tanto desde un lado y desde otro parece que se desgastan, que pierden vigor, que se convierten en una especie de objeto manoseado que ya no sabemos para qué sirve. A nosotr@s, de momento, nos sirve para intentar nombrar ese peculiar hilo sobre el que continuamente transitamos nuestras vidas. Cual funambulistas ayudados de su pértiga, caminamos sobre una cuerda floja que, por otro lado, hay que reconocerlo, tiene algo que nos gusta.
¿Por qué creemos que la palabra precariedad sirve para hablar de la vida contemporánea? ¿Acaso anteriormente la vida de las clases populares era mucho más halagüeña que la nuestra hoy día? En general no, aunque sí era muy diferente. Vivimos en una época en la que las estructuras materiales y de sentido que durante décadas, y en ocasiones siglos, han sostenido la vida de las personas (la familia, la comunidad, la fábrica, el hogar o el “Estado del bienestar”...) se han desvanecido o se están desvaneciendo. Cuando el mercado capitalista lo invade todo, hasta nuestros momentos más íntimos, hasta nuestras mentes, cuando se apodera de todo nuestro tiempo, los límites entre lo público y lo privado se desvelan más falsos que nunca, la separación entre el afuera y el adentro del sistema se desdibujan... los antiguos espacios de pequeña libertad e intimidad desaparecen. Las batallas por liberar espacios y sobre todo tiempo, momentos, de las garras del dominio capitalista se extienden por todas partes. El neoliberalismo ha declarado una guerra contra todo y contra tod@s. Por lo tanto, nuestros esfuerzos por superarlo tienen que extenderse, más que nunca, a todos los ámbitos de la vida: la salud, los cuidados, el entorno urbano y natural, la vivienda, la libertad de movimiento, el acceso a la cultura, los derechos sociales, la distribución de la renta y la riqueza y también, cómo no, al ámbito del trabajo y la producción.
Debemos investigar para encontrar formas de organización y acción más eficaces e inteligentes que nos ayuden a construir polos antagonistas capaces de resistir a las embestidas del neoliberalismo. Estructuras que no se desvanezcan como castillos de arena y que sirvan como espacios de enlace entre las clásicas luchas sindicales y políticas y las nuevas formas de resistencia ante la precariedad. Espacios donde nuestra heterogeneidad no sea óbice para el trabajo común y articulado de migrantes, mujeres y jóvenes; trabajadores manuales e intelectuales; asalariados o autónomos dependientes, contratados fijos, temporales o sin contrato; con o sin papeles; hipotecados, alquilados u okupas...
El discurso que los poderes constituidos lanzan sobre la precariedad nos intenta transmitir que ésta es una situación temporal, propia de la juventud y la inmadurez. Sin embargo, creemos que no es así. Que la precariedad es el modo fundamental de la vida posmoderna, que afecta a jovenes y ancianos, hombres y mujeres, locales y foráneos... Vivimos en la precariedad. Hagamos de ella, pues, un arma colectiva, que será por necesidad pluriforme y cambiante, un arma que se adapte a las manos de quien la agarra para servirse de ella, que se construya cotidianamente en la reflexión, pero sobre todo en la calle, en las luchas.
Reconquistemos nuestras vidas. Recuperemos nuestro tiempo. Construyamos alternativas colectivas.
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